On Virginia Woolf (by Dolly Wilde)

Dolly Wilde (niece of Oscar Wilde) to Natalie Barney

1931

Cambridge on a frosty night. The Dean’s room in King’s College, firelight, books, sober colours, elegance and a group of charming people holding conversation. We are waiting for dinner when someone says “Leonard and Virginia are very late.” The smooth waters of my mind are ruffled by fear by this unexpected remark, and my heart beats perceptibly quicker. The chief Lama of Thibet will be here any moment —easy manners must give place to decorum, familiar friendship be brought stiffly to attention. Then the door opens and a tall gaunt figure, grey-haired, floats into the room. Her age struck me first, and then her prettiness —shock and delight hand in hand. How explain? There is something of the witch in her —as in Edith Sitwell— with the rather curved back and sharp features. She is dressed in black, old fashioned elderly clothes that make me feel second-rate in my smart clothes —her feet are very long and thin encased in black broché shoes with straps of the Edwardian period. All is faded and grey about her, like her iron grey hair parted in the middle and dragged into a bun at the back. And yet immediately one sees her prettiness and a lovely washed away ethereal look making all of us look so gross and sensual. The eyes are deep-sunk and small the nose fine and pointed, a little too pointed by curiosity, but the feature that most strikes one is the mouth —a full round mouth, a pretty girl’s mouth in that spinster face. It is so young, young like her skin that is smooth and soft. She greets Honey and me without looking at us and at dinner never once makes us the target of her eyes —there is embarrassment around the table and she only talks to her intimates. She is witty and kindly malicious. Then suddenly I say something that makes her laugh and the curtain of her eyelids are raised and we talk together, flippantly delightfully. I had once been told one must never mention her books and as we threaded byeways of humour I thought of your letters about her so much. I saw her, too, all the time as such a little pretty girl in a big hat, and Kew Gardens with the governess planting a kiss on the back of her neck —do you remember?— which was the parent of all the kisses in her life…

She has nothing to do with maternal life —is supposed to be a virgin, to have experienced no physical contact even with Orlando. She says she has no need of experience —knows everything without it: and this impression she gives as one meets her. I felt cruelty in her, born of humour —tiredness, great tiredness and her eyes veiled with visions rather than brightened by them.

Dolly Wilde (sobrina de Oscar Wilde) a Natalie Barney

1931

Cambridge, noche helada. La habitación del Decano en King’s College; la luz del fuego, los libros, los colores sobrios, la elegancia, y un grupo de gente encantadora manteniendo una conversación. Estamos esperando la cena cuando alguien dice: «Leonard y Virginia llegan muy tarde». Las calmadas aguas de mi mente se ven agitadas por el miedo ante la inesperada declaración, y mi corazón empieza a latir perceptiblemente más rápido. El Dalai Lama del Tíbet estará aquí de un momento a otro; los gestos más comunes darán paso al decoro y la familiar amistad se transformará en rígidas atenciones. Se abre, entonces, la puerta, y una alta y delgada figura de pelo gris entra sigilosamente en la sala. Lo primero que me llamó la atención fue su edad; después, su belleza. Sorpresa y deleite al mismo tiempo. ¿Cómo explicarlo? Hay algo de bruja en ella —como en Edith Sitwell—, con la espalda tan curvada y los rasgos afilados. Viste de negro, con ropas viejas y anticuadas que hacen que me sienta de segunda fila en mi preciosa vestimenta; sus pies son muy largos y delgados y están cubiertos con unos zapatos broché negros con correas del período eduardiano. Todo parece desvanecido y gris en ella, como su pelo, del color del hierro, con la raya al medio y unido en un moño. Y, sin embargo, en seguida percibimos su belleza y una maravillosa apariencia limpia y etérea que nos hace parecer a todos brutos y sensuales. Los ojos son profundos y pequeños, están hundidos; la nariz es fina y respingona, demasiado afilada por la curiosidad. Pero el rasgo que más me llamó la atención fue la boca, una boca completamente redonda, la boca de una mujer bonita en un rostro de solterona. Es tan joven, tan joven como su piel, que es delicada y suave. Nos saluda a Honey y a mí sin mirarnos siquiera, y durante la cena nunca nos convierte en el centro de su mirada; hay cierta contención en la mesa y ella sólo habla con sus más íntimos. Es ingeniosa y maligna. De repente, digo algo que la hace reír y el telón de sus párpados se eleva y hablamos, de forma vanal y encantadora. Me dijeron una vez que nunca deben mencionarse sus libros y, mientras entretejíamos humorísticos adioses, me acordé de las cartas que me escribiste sobre ella. La vi, yo también, como una pequeña y preciosa niña escondida tras un gran sombrero, y vi a la institutriz, en Kew Gardens, dándole un beso en la nuca —¿te acuerdas?—, que fue la madre de todos los besos de su vida. No tiene ningún instinto maternal —se supone que es virgen, que no ha experimentado contacto físico ni tan siquiera con Orlando. Dice que no necesita experimentar nada, que lo sabe todo; esa es precisamente la impresión que te transmite cuando la conoces. Percibí crueldad en ella, una crueldad nacida del humor, del cansancio, de un enorme cansancio; y sus ojos, velados por las visiones más que iluminados por ellas.

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